Agustina Bornhoffer


Estudió Diseño Gráfico en la Universidad ORT de Uruguay antes de trasladarse a Valencia, donde cursó un máster en Mercado Internacional de Arte Contemporáneo y posteriormente el programa Articulacions del Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM).

Ha trabajado como asistente de dirección en Jorge López Galería, Vangar y Gabinete de Dibujos, colaborando en ferias como ARCO Madrid, CAN Madrid, Estampa, SWAB Barcelona y Art Cologne Palma.

En 2024 comisarió la exposición Bolsos y tacones a juego de Antonio Ovejero en la Diputación de Cuenca y escribió un texto curatorial para la exposición de Claudia Pastomás en la Fundación Chirivella Soriano.

En 2025 recibió la beca de internacionalización de las artes del Programa Petrona del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay.

Recientemente fue seleccionada con su proyecto B-U-G-S para la convocatoria Scroll en Las Cigarreras (Alicante) y se encuentra desarrollando Contextos, un archivo digital dedicado a la publicación de curadurías latinoamericanas. En el marco de esta iniciativa, ha participado de las residencias R.A.R.O. Bogotá y PAC Argentina.
 

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Tierra de Nadie

Programa Petrona
MEC Uruguay

Candela Bado, Agustina Bornhoffer y Jorge López Galería



Reconocemos la casa como el comienzo de todo. En cada retrospectiva aparecen sus suelos y pasillos. Este será siempre nuestro primer refugio, el primer hogar, la primera estructura en la que confiamos para darnos protección y seguridad. Durante un tiempo, la casa fue suficiente: el lugar donde nos permitimos simplemente existir, donde los días comenzaban y terminaban. No solo como un espacio donde descansar los pies luego de un largo día, sino como un destino inevitable, alcanzado tras cumplir con el mínimo indispensable. Pero esa casa, en su forma más simple, no solo es refugio y contención, sino también límite y exclusión. La duda apareció sin aviso detrás del suficiente, donde se encontró con el limite de lo temporal. ¿Cuándo deja un espacio de ser hogar?

El orden impuesto sobre la casa no es azaroso, ni mucho menos. Respiramos discursos modernos y coloniales que nos enseñaron que una casa digna es aquella que está limpia, organizada, que cumple con ciertos estándares y, como consecuencia, se vuelve respetable. Como si la estructura misma pudiese dictar quién y qué pertenece de un lado u otro. Como si aquello que se percibe a simple vista, en el cruce entre la intención y la acción, fuese una prueba de civilización. 

Mientras intentamos mantener ese orden, lo exterior se filtra, ignorando la moralidad e higiene que con tanto esfuerzo procuramos preservar. “A través del pequeño teléfono, lo público se cuela entre las frazadas.” Nos aferramos tanto a la idea de la casa como refugio, que olvidamos que el interior nunca es puro. Sigilosamente, las grietas se abren, los clavos se aflojan y el polvo se asienta. La frontera es porosa y lo que sucede del otro lado continúa atravesándonos. 

La falta de control sobre el territorio propio nos obliga a jugar a ser dueños. Levantamos estructuras, las acomodamos, intentamos ordenarlas como si tuviésemos el poder de hacer algo más que eso. Construimos vigas para sostener una edificación que hace tiempo dejó de ser material y que ahora se asemeja más a una idea que al cemento mismo, un entramado que sostiene aquel orden encargado de imponer reglas sobre la pertenencia, permanencia y el derecho -o no- de habitancia.

De nuevo hablando sobre convenciones que hemos aceptado sin cuestionamiento. “El yo es una construcción imaginaria”, dice Lacan. Si el yo es inestable, también lo es la casa; si el yo se define por la mirada del otro, entonces la casa es solo el reflejo de lo que se nos permite ser.

En este tira y afloje, el hogar se disuelve en su propia definición, hasta convertirse en una pregunta que no sé responder. Lo que sucede en ese lugar que dejé atrás ya no es mi problema, ya no debe serlo. No debe afectarme, puesto que no estoy ahí. Pero sigo atada a él, y aunque yo lo ignore, ustedes no.


Imágenes x Sofía Alemán.

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04.2025