Agustina Bornhoffer


Estudia diseño gráfico en la Universidad ORT, para luego mudarse a Valencia, donde realiza un máster en Mercado Internacional de Arte Contemporáneo y más tarde el programa Articulacions en el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM). 

Realiza su pasantía en Jorge López Galería, para luego integrarse como asistente de dirección, combinando esta labor con su formación en el taller online de Asesoría y Curaduría de Colecciones de Arte y en Christie’s Education. Trabaja con las galerías Vangar y Gabinete de Dibujos, con las cuales participa en ferias como ARCO Madrid, Estampa, SWAB, Art Cologne Palma y CAN Madrid.

En 2024 fue comisaria de la exposición Bolsos y Tacones a Juego de Antonio Ovejero en la Diputación de Cuenca, y escribió el texto curatorial para la exposición de Claudia Pastomás en la Fundación Chirivella Soriano, Valencia.

En 2025 inaugura la exposición Tierra de Nadie junto con Candela Bado y Jorge López Galería en Valencia, proyecto seleccionado por el Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay en el marco de la beca Programa Petrona para la internacionalización de las artes. A su vez, el proyecto B-U-G-S, realizado con el artista Emilio Bianchic, es seleccionado por la convocatoria Scroll en Las Cigarreras, Alicante.

Ha participado en residencias como R.A.R.O. Bogotá y Proyecto PAC Argentina, desarrollando una investigación sobre los distintos contextos artísticos latinoamericanos.


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Obituario, despedida a Don Avión

Solo show del artista Alex Gambín
Proyecto ganador de la convocatoria PAB 2026
Fundación Palo Alto, Barcelona

Texto escrito por Alex Gambín:

Hace unos meses, un domingo cualquiera, nos encontramos una carta anónima que terminaría siendo el germen de Obituario, despedida a Don Avión. En un mercadillo de viejo, entre postales, antiquísimos anaqueles repletos de libros, fotografías, platos, medias guitarras y un sin fin de objetos casi abandonados, dimos con un pequeño sobre de color marrón. Nos llamó la atención lo bien conservado que estaba y las tachaduras negras que escondían su origen y destino. Como buenos aventureros, nos ansiamos ante la presencia del misterio. Al abrirlo, vimos un papel delicadamente plegado en el que se podía reconocer una exquisita caligrafía. Retrasamos su lectura para hacerla juntos en un lugar más tranquilo. Ese mismo día, buscando total discreción, fuimos a comer a la azotea de uno de los edificios del centro de la ciudad. Era uno de esos lugares, alejado de distracciones, donde mejor se conservan las amistades. Nos ilusionamos con las palabras de tal manera que las imaginábamos maravillados como si de un gran secreto se trataran. Al leerla en voz alta, esto es lo que nos encontramos: 

Que ganas tenía de leerte. Ha pasado tanto tiempo que no recibía tu respuesta, que ya me daba por olvidada. Por casa sigue todo igual. Los abuelos con sus luchas diarias. Madre entusiasmada con la jubilación. Ella dice que son los nuevos veinte. Yo sigo con la tesis. Aunque ya empiezo a sentirme agotada de tanta biblioteca y tanto libro en préstamo, cada vez veo más cerca el punto final de las conclusiones. Como ves, por aquí seguimos como te conté en la última carta. Me alegra mucho saber lo bien que te estás adaptando a la nueva ciudad. Me ha hecho mucha gracia la anécdota del director de la orquesta. Siempre pensé que la batuta era prescindible. Me hubiera gustado estar en ese final de la Obertura 1812, con todo su esplendor, cuando se le escapaba y paraba el concierto para buscarla, dejando solo al de la campana. Conociendo al público de esos auditorios, seguro que salieron bastante enfadados de allí. Para mí, sin duda, esta hubiera sido la mejor performance del año. Disculpa mi caligrafía, la emoción perturba las colas y los redondeles. Muero de ganas por contarte lo que vivimos el sábado pasado en la ciudad. No sé si os habrá llegado alguna noticia. Fue algo inimaginable. No me había enterado, pero se corrió la voz de que era la despedida de no sé quién y me acerqué a cotillear. Fue en la esplanada que queda justo detrás del cine. Cuando llegué allí, serían las cinco y poco de la tarde, no entendía lo que estaba ocurriendo. No es que la ciudad al completo hubiera acudido. Sin exagerar, se encontraba la humanidad en su totalidad. Me resulta tan absurdo escribirlo. No lo creería si no lo hubiera visto con mis propios ojos. Lo más raro de todo, era la absoluta excitación que se respiraba. Lo opuesto a lo que se espera de una despedida. El ritual no se alejaba del deseado por cualquier laico personaje, pero las caras de los presentes eran fervorosos retratos de felicidad. Había trovadores medievales acompañando a aficionados bailarines de swing, malabaristas renacentistas que restaban seriedad a los cigarros de los directores de cine francés, espectaculares pianistas del siglo XVIII animaban, con sus allegros, los rígidos cuerpos tallados del antiguo Egipto, y un sin fin de ascetas hacían sonar cientos de trompas jamás vistas. De verdad, aquello era una fiesta descomunal. No faltó nadie. Se podían ver todos los atuendos de trabajo imaginables: geómetras con cartapacios inmensos, sombrereas delicadas, panaderos que mascaban miga entre carcajada y carcajada, albañiles de todos los tiempos, agricultoras con trajes de gala almidonados, barberos, relojeros entusiastas, hasta incluso alquimistas que parecían celebrar la verdadera transmutación. Entiendo que no creas nada de lo que te digo, pensarás que he perdido la cabeza con tanta consulta bibliográfica, pero lo cierto es que la humanidad al completo brindaba a la vez en aquella despedida. Desaparecieron las palabras, la comunicación, todo eran saltos, gritos, risas, dientes brillantes, y no tan blancos, acompañados por una infinidad de mandíbulas descolocadas. Terminé agotada. Se me contagió de tal manera el entusiasmo que acabé subida a un tiovivo, arrastrado por ruedas de madera, que parecía haber viajado desde el siglo XIX moscovita. Con la caída del sol, como si le debieran a la luz sus contoneos de cadera, la fiesta de la humanidad comenzó a desvanecerse. Yo me fui pronto, no quería que se me hiciera demasiado tarde. De camino a casa estuve pensando sobre lo que acababa de ver. ¿Quién era ese personaje del que nadie me había hablado? ¿Cómo era posible que fueran seres de todos los puntos del tiempo? ¿Existía la posibilidad de que una despedida alegrara la humanidad al completo? No encontré ninguna respuesta clara, pero imaginé una hipótesis que, por extraña y mágica, me avergüenzo a decir en voz alta. Los habitantes del pasado y del presente se habían juntado para celebrar un futuro deseado. Sé que suena absurdo, pero así lo pensé. Con este extrañísimo acontecimiento me despido. Espero que te vaya muy bien, ya te contaré mejor cuando nos veamos. Deseo pronto tu respuesta. Me vuelvo a los libros, que parece que no se acaban. Ojalá llegue un futuro deseado para ti. Te pienso.

Por más que leamos y releamos estas palabras, seguimos impresionándonos con la magia de los hechos. Ciertos o no, soñamos con la hipótesis de la remitente. Palo Alto se ha convertido en el lugar, nosotros hemos dado el nombre, la imagen y el símbolo. Solo queda esperar que nos visiten los históricos saltimbanquis del tiempo para celebrar un futuro deseado. 
11.06 - 26.06.2026