Agustina Bornhoffer
Estudia diseño gráfico en la Universidad ORT, para luego mudarse a Valencia, donde realiza un máster en Mercado Internacional de Arte Contemporáneo y más tarde el programa Articulacions en el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM).
Realiza su pasantía en Jorge López Galería, para luego integrarse como asistente de dirección, combinando esta labor con su formación en el taller online de Asesoría y Curaduría de Colecciones de Arte y en Christie’s Education. Trabaja con las galerías Vangar y Gabinete de Dibujos, con las cuales participa en ferias como ARCO Madrid, Estampa, SWAB, Art Cologne Palma y CAN Madrid.
En 2024 fue comisaria de la exposición Bolsos y Tacones a Juego de Antonio Ovejero en la Diputación de Cuenca, y escribió el texto curatorial para la exposición de Claudia Pastomás en la Fundación Chirivella Soriano, Valencia.
En 2025 inaugura la exposición Tierra de Nadie junto con Candela Bado y Jorge López Galería en Valencia, proyecto seleccionado por el Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay en el marco de la beca Programa Petrona para la internacionalización de las artes. A su vez, el proyecto B-U-G-S, realizado con el artista Emilio Bianchic, es seleccionado por la convocatoria Scroll en Las Cigarreras, Alicante.
Ha participado en residencias como R.A.R.O. Bogotá y Proyecto PAC Argentina, desarrollando una investigación sobre los distintos contextos artísticos latinoamericanos.
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Con-textos (otro proyecto personal :))
Hacia la caída
Exposición colectiva en colaboración con Estudio Seis
Sara Mono, Joar Remolar, Lara Ribes, Sara Reyes, Magdalena Lorca, Lucía Mir, Carmen Andreu, Celia Marco, Darío Machín
Curaduría de Agustina Bornhoffer y Soledad Estomba
Estudio Seis, Valencia, ES
Texto por Ángel Arias
Hacia una caída
Hay un instante en el que el cuerpo todavía conserva la forma de su equilibrio, aunque ya ha empezado a abandonarlo. Nada se ha roto aún. Sin embargo, algo en la escena se ha desplazado. Una inclinación leve, una repetición que insiste demasiado, una estructura que parece sostenerse por costumbre.
En el teatro, a veces, lo decisivo ocurre antes de que la escena alcance su punto más alto. Cuando todo parece avanzar hacia una resolución. Un actor camina hacia el centro del escenario. Recita su monólogo final. La luz lo acompaña. El público entiende que la obra se aproxima a su momento de mayor intensidad. Entonces cae fuera del escenario.
Durante unos segundos, nadie sabe qué ha sucedido.
La caída abre una duda. Puede ser un accidente, puede ser una decisión escrita en el guión. Puede también pertenecer a la representación o haberla interrumpido desde fuera. El público contiene la respiración porque todavía no sabe si debe preocuparse, aplaudir o seguir mirando. En esa suspensión incómoda, la caída permanece unos segundos en el aire, sin decidir todavía si pertenece a la obra o al mundo.
El acto de caerse suele presentarse como una pedagogía. Se cae para aprender, se cae para levantarse, se cae para confirmar que toda fractura puede transformarse en fortaleza. Esa lectura convierte el golpe en una promesa de superación. Pero hay caídas que no nos enseñan nada. Caídas que no devuelven al cuerpo al mismo lugar. Algunas incluso abren pozos de los que no siempre se sale. En ellas, el derrumbe deja de parecer una prueba y adquiere la forma de una fatalidad que ya estaba anunciada, algo que parecía escrito antes de suceder.
También hay derrumbes que llevan mucho tiempo ocurriendo. Antes de hacerse visibles, se anuncian como una humedad en la pared, como una grieta que vuelve, como un olor difícil de localizar. Algo se percibe antes de poder comprender su desenlace. Esa proximidad modifica la mirada, como si las formas obedecieran a algo que todavía no ha ocurrido, pero que ya actúa sobre ellas. En los restos, en sus fragmentos, aparece la extraña firmeza de aquello que, incluso roto, permanece.
Quizá todo colapso tenga ese momento previo en el que todavía podría confundirse con una coreografía.
Conoce más sobre el proyecto
19.06 - 21.06.2026